domingo, 22 de mayo de 2016

Kiki, el amor se hace


Ver Kiki, el amor se hace es como sacar una pierna del edredón en una de esas noches de invierno en las que te achicharras debajo del sucedáneo del plumón de oca; o sentir el frío del aire golpeándote en la cara tras una jornada de trabajo encerrado frente a la pantalla del ordenador. Y es que lo que consigue Paco León con su tercera película es refrescar el ambiente del cine español con una peli erótico-festiva, como proclama su propio cartel.


Kiki, el amor se hace huele al verano madrileño, al calor seco que esconde a la gente en sus casas hasta las ocho de la tarde, a las callejuelas sombreadas de Lavapiés que deslumbran los ojos del viandante cuando pasan por un cruce, y al chorizo frito, a la morcilla y a la panceta de las fiestas de la Paloma. Es el verano el que desata las pasiones de los protagonistas, como un elemento que sirve de hilo conductor de la urdimbre que forman las distintas historias que componen la película.


Pero además, Paco León consigue atraer rápidamente la atención del espectador, además de con las imágenes, utilizando una música totalmente novedosa para nuestra filmografía (no os perdáis la banda sonora, porque es un escándalo –y no en el sentido literal de la palabra-) y conectando con él. Porque seamos claros: como en todos los ámbitos de esta vida, todos tenemos nuestras rarezas, y ¿por qué van a ser menos nuestros gustos sexuales? Si hay gente a la que le gustan los sándwich mixtos sin queso, ¿por qué no puede haber alguien al que le ponga rascar a la pareja durante el acto sexual? Pues sí existe esta conducta, y tiene nombre: amiquesis se llama. ¿Y sabéis cómo se llama la atracción hacia los payasos, saltimbanquis o bufones? Coulrofilia. Y si os ponéis a buscar un poquito, vais a encontrar un mogollón filias distintas, de las que no sé si es peor que existan o que alguien les haya puesto nombre.


Lo que quiero decir es que Paco León no hace sino servir de altavoz para aquellas conductas que se salen de lo habitual, pero que existen en todos los ámbitos de nuestra vida. Pensad que todos somos seres sexuales, y al igual que los colores, a cada uno nos gusta algo. Sí si, incluso a la panadera de vuestro barrio, esa a la que no habéis visto sonreír en los últimos diez años lo mismo le mola el latronudismo; o el conductor de la línea que cogéis cada mañana sufre knissofilia, o vuestro actor favorito padece gomfipotismo.


En definitiva, que no dejéis de ir al cine a ver Kiki, el amor se hace, porque pasaréis un rato estupendo, con carcajadas incluidas en el precio de la entrada.



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