domingo, 10 de abril de 2016

Los odiosos ocho (The Hateful Eight)


Ver una peli de Tarantino es como comerte un chupachups Kojak: está muy rico lo de alrededor, pero al final lo que quieres es llegar al meollo, a la chicha que acaba por juntarse con los sabores del caramelo y regalarte esa explosión de azúcar rojo para tu deleite.
Lo que le pasa a Los odiosos ocho es algo así, con la única diferencia que el caramelo de alrededor es del tamaño de uno de esos bolondrios de chicle que costaban cinco duros y que casi no podías meterte en la boca sin que la mandíbula se resintiese. ¿Pues no va el tío y te mete una introducción de una hora para situar a los personajes? Y claro, hay un momento en el que el tedio comienza a aparecer entre el traqueteo de la diligencia, que hace que busques la situación más cómodas para tus nalgas en la butaca y no se te quede el típico culocarpeta.


Pero hay un momento, un clic, en el que se desata todo con una mirada de Samuel L. Jackson y entonces sí, empieza el Tarantino más brutal, pero a la vez, el más comedido. Porque en Los odiosos ocho está el mejor Tarantino, ese en el que la sangre es protagonista de sus pelis, pero no es como en otras: es como si se estuviese haciendo mayor, o quizás ha llegado el momento de hastío de hacer lo mismo y buscase algo más allá. Da la sensación de que se queda corto, o mejor dicho, que pretende ir a algo a lo que no está ni mucho menos acostumbrado y acaba quedándose a medias en lo que pretende ser un final de esos antológicos a lo Casablanca o Con faldas y a lo loco y se queda en el descorche de una botella de cava sin gas.


En definitiva, una peli de Tarantino siempre será una peli de Tarantino, pero Los odiosos ocho no es una de sus mejores películas. Quizás por la esencia de la peli, que bien podría ser una obra de teatro, ya que se desarrolla en el mismo escenario. Si os decidís a verla, tenéis que aguantar la primera hora de viaje.


Ahhhh, se me olvidaba: la banda sonora es de Enio Morricone. En este sentido no hay nada más que decir.

lunes, 4 de abril de 2016

Spectre


Una especie de déjà vu. Ese es el sentimiento que me ha transmitido Spectre, principalmente provocado por alguno de los gestos del bueno de Daniel Craig, poniéndose en la piel (o mejor dicho, en la mirada) de alguno de sus antecesores en el papel. Al fin y al cabo, el título de la última película de James Bond ya es algo así como una vuelta a los orígenes, porque ¿quién no se acuerda de aquellas escenas con salones inmensos, con mesas desproporcionadas en las que se reunía lo mejor de la organización Spectra?¿Quién no recuerda la mano de Ernst Stavro Blofeld, el malo por excelencia de las primeras pelis de la franquicia, acariciando a su gato blanco con una mano, mientras con la otra pulsa el botón que lleva a la muerte más desagradable que se pueda imaginar a uno de sus esbirros por haberla cagado?


Pues en Spectre están todos (menos el esbirro): James Bond, el gato y el malo, en lo que parece ser un final (el de Daniel Craig) que nos lleva al principio. Tan solo espero que no les dé por la puñetera manía de hacer remakes de las películas clásicas.
Ya desde el despacho de M tenemos la sensación de haber estado allí, con la única diferencia que donde antes había un florero llamado Moneypenny (Lois Maxwell) que prácticamente se limitaba a flirtear con Bond cada vez que pasaba por allí, ahora hay una secretaria de armas tomar, que cual iceberg, esconde mucho más de lo que parece: una estupenda Naomie Harris que tan pronto te redacta un memorando como se pone a hacer cabriolas a bordo de un todo terreno. Pero la sensación de olor a rancio en el despacho, con esa puerta doble (la segunda de ellas acolchada por dentro) sigue allí. Cuántos secretos habrán escuchado esas cuatro paredes.


La segunda vez que percibí el déjà vu en los ojos de Bond fue al llegar a la clínica en los Alpes, donde le espera Madeleine Swann (Léa Seydoux, la hija del enigmático Sr. White). Me recordó demasiado a la imagen y a la trama de 007: Al Servicio Secreto de Su Majestad, donde el “ínclito” George Lazenby interpreta a Bond, y se ve de buenas a primeras en una clínica de los Alpes en su búsqueda de Blofeld.


Pero no quedó ahí la cosa: cuando Bond y la chica entran en L'American, él se queda un segundo atrás, como si entrase en un lugar familiar, que no sé porqué me recuerda a la misma escena de Desde Rusia con amor: una estancia alicatada, con una fuente en medio, en la que sólo falta la bailarina haciendo la danza de los siete velos.
Joder, me estoy dando cuenta que nos han “colao” un remake de algunas de las pelis de Bond, así, sin avisar. Les sirve como bucle para seguir haciéndonos creer que son nuevas ideas, pero en realidad son las mismas de siempre pasadas por el taller de chapa y pintura. Que sí, que nuevos gadgets tecnológicos de última generación, pero ya no sabes si las pelis son del mismo personaje o con cada actor que interpreta a James Bond la saga comienza de nuevo…


En fin, que entretenida es, pero no supera para nada a la mejor que ha hecho y hará Daniel Craig, Skyfall… aunque esta también se llevó el Oscar a la mejor canción original por Writing's On The Wall, interpretada por el cantante de falsete Sam Smith.



Valerian y la ciudad de los mil planetas (Valerian and the City of a Thousand Planets)

A veces, en la vida, hay que dejar el traje de adulto que el tiempo nos impone inexorablemente para poder disfrutar. Sí, sé que según os ...