domingo, 4 de diciembre de 2016

La llegada (Arrival)


Imaginad que estáis haciendo un viaje por la Toscana. Florencia es visita obligada para dar un paseo por sus calles medievales. Si ha llovido, los adoquines de la calzada reflejan las luces de las farolas y de los comercios, que han empezado la cuenta atrás para echar el cierre aunque sea prácticamente la primera hora de la tarde .Es casi invierno, y los turistas siempre aparecen por la mañana en esta época del año. Los muros de piedra de los edificios te transportan a una época medieval por un momento, haciéndote imaginar cómo se resguardarían del frío y de la humedad las personas que rondaban por allí unos cuantos siglos antes.


De repente la calle acaba. Se abre una gran plaza ante tus ojos, y lo que ves al fondo te deja clavado, aunque al mismo tiempo de sientes magnetizado y atraído hacia el edificio que se encuentra en el lado opuesto. La Basílica de la Santa Cruz, pese a su simpleza de formas, tiene la capacidad de embriagar la mirada de aquel que la observa por primera vez. Aunque es prácticamente de noche, la tenue iluminación permite apreciar sus líneas geométricas: rectángulos, triángulos equiláteros y el gran círculo que forma el rosetón tienen la armonía perfecta para, sencillamente, hacerte sentir en paz. No te has dado cuenta, pero ya estás sentado en uno de los bancos de piedra frente a la basílica, en la zona peatonal de la plaza, mientras no puedes dejar de mirar la limpieza y pureza de las líneas que forman la fachada.


De repente, recuerdas que alguna vez leíste algo sobre la Basílica de la Santa Cruz de Florencia, algo relacionado con un tal Stendhal, que, ante el avistamiento de la Basílica, manifestó síntomas físicos como palpitaciones, temblores, alteración del ritmo cardiaco y estado de confusión. Poco a poco el artículo que leíste se va haciendo más vivo, y recuerdas que el Síndrome de Stendhal lo padecen algunas personas cuando son expuestas a obras de arte particularmente bellas.
No es que viendo “La llegada” hay sufrido el Síndrome de Stendhal, ni mucho menos. Sí me sentí en algunos momentos abrumado por la trama, que te atrapa poco a poco hasta ir contándote la respiración. Tranquilos, solo ocurre durante un rato. Al igual que en la película, según vas entendiendo cosas la tensión va desapareciendo y te vas adaptando a una historia inverosímil que habla de dos de las emociones básicas que siempre han acompañado al ser humano: el miedo y el amor, y la manera de enfrentarse a uno y a otro a través de la herramienta más poderosa que ha creado el hombre a lo largo de nuestra existencia, y que en definitiva es lo que nos ha hecho evolucionar.


¿Qué es la cultura sino una de las manifestaciones del lenguaje de un pueblo? ¿Qué es el lenguaje, sino la base de la comunicación, la forma de expresar nuestras necesidades, nuestros deseos o nuestras inquietudes? La respuesta ante el miedo es eliminar la comunicación, el aislamiento interno, la confrontación. La respuesta ante el amor es el contacto, el conocimiento, la osadía. Para que exista cualquier demostración de amor es necesaria la existencia de una forma de lenguaje que emisor y receptor logren entender y descifrar, para así poder dar un paso más en su relación, en su evolución.
Esto es “La llegada”, una búsqueda del lenguaje entre dos mundos, una búsqueda de la evolución más allá de la humanidad, más allá del amor…
Una de las pelis del año que no debéis dejar pasar.




domingo, 20 de noviembre de 2016

Un monstruo viene a verme (A Monster Calls)


A veces el cine da miedo. No, no lo digo por haber visto alguna de las pelis de James Wan. No es un miedo primario como el que sientes cuando te asustas. No se trata de un acto reflejo, todo lo contrario, es un miedo que procede de la reflexión, mucho más terrorífico porque viene de un lugar que supuestamente controlas, un lugar que te encargas de proteger con cien cerrojos, del que nada puede escapar y nadie que no permitas puede acceder.


Pero, ¿y si un día algo logra entrar a tu refugio saltándose todos tus controles? Un simple chasquido de dedos y las puertas del rincón de tu alma en el que guardas las emociones están abiertas de par en par. Ya puedes intentar tapar al hueco, que como el chasquido provenga de una imagen, un acorde o cualquier expresión artística que te emocione, verdes las han segado.


J.A.Bayona tiene la clave para tocarte la fibra: le da igual estar en una casa de aspecto encantado, en medio de un tsunami o esperando a un monstruo. En cualquier caso sabe (y le gusta) jugar con las emociones de los espectadores yendo del todo, de lo más grande, a lo más pequeño, a lo más íntimo, en busca de la lagrimilla con la que parece verse recompensado.


«Un monstruo viene a verme» es una muy buena peli y una peli muy dura, de esas que hacen reflexionar, cabrearte y llorar. Pero al mismo tiempo, te alivia, te quita un peso de encima, te descontractura los nudos del corazón para que veas que lo importante siempre está ahí, aunque no seas capaz de verlo. En definitiva, «Un monstruo viene a verme» te quita el velo de los ojos que se crea día a día con la rutina de la vida y consigue invisibilizar lo realmente importante en la vida: las personas que están a tu lado y que te hacen estar en un mundo un poquito mejor.



martes, 18 de octubre de 2016

Concurso 4º aniversario!!!


Sí amigos, con motivo del cuarto aniversario de este blog, sorteamos un DVD de una peli hecha sencillamente para disfrutar: Love Actually.
Sí queréis participar, solo tenéis que datos una vueltecita por el Facebook de Esa no la he visto
Corred, insensatos!!!

martes, 4 de octubre de 2016

Sing Street


Hay cosas en la vida que te pellizcan el alma. Pero no un pellizco de esos que te hacen retorcerte de dolor, de esos que te estrangulan con un nudo en la garganta y te llenan las cuencas de los ojos de lágrimas. Son pellizcos acompañados de un cierto gustirrinín. De hecho, mejor que llamarlo pellizco lo voy a llamar pizzicato, porque lo que consigue es hacerte vibrar la fibra sensible y acompasar el movimiento del alma con el universo. Y por un momento, con esa vibración dentro de ti, consigues ser plenamente feliz tan solo por el precio de una entrada de cine.


Y «Sing Street» es todo un pizzicato que te sacude de una ola de buenrollismo que debería ser necesaria, al menos, una vez a la semana. Te transporta, cual hilos de plata invisibles, hacia un lugar de tu memoria que siempre está presente y que solo se abre cuando suenan aquellas notas de una canción de tu infancia que inmediatamente te hacen sonreír. Uno acordes y ya te tiene enganchado, a la espera de ese sonido especial que hará la canción única para ti. Da igual que sea una guitarra, el ritmo de un bajo, el sonido estridente de un casiotone o el retumbar de unos platillos al ser golpeados por unas baquetas.


«Sing Street» es una historia de nuestra vida, de las influencias que nos hicieron ser algo distinto a lo que somos ahora, pero que nunca nos ha abandonado. Y más en la preadolescencia, que nos hizo ser esponjas para absorber y adaptar a nosotros mismos todo aquello que nos rodeaba. Todo cabía en nuestras mentes, y todo lo expresábamos con nuestra forma de movernos y mostrarnos a los demás, por mucho que nuestros padres no nos entendieran. Como ahora, en muchas ocasiones, no conseguimos entender a nuestros hijos. Quizás sus pizzicatos les lleven a otra modulación, a otro tipo de vibración interior totalmente acompasada a la nuestra.


Pero además, «Sing Street» es un homenaje a esa figura que siempre estuvo allí: el hermano mayor al que robar canciones, al que siempre estará allí para donarte en vida un pedacito de la suya en forma de vinilo con el que salir del mayor bache de tu corta vida, y hacerte saber que los Spandau Ballet y su Gold siempre estarán allí…



En definitiva, «Sing Street» es de esas pelis que cuando la veas en cualquier canal de televisión medio empezada te verás obligado a ver de nuevo. No os la perdáis.


PD: Os dejo alguno de los temas originales de la peli, que no debéis ver si tenéis intención de ver la peli:

THE RIDDLE OF THE MODEL:


UP:


BEAUTIFUL SEA:


domingo, 2 de octubre de 2016

Dos buenos tipos (The Nice Guys)


¿Nunca os ha pasado, a lo largo de vuestra vida laboral o en aquellos tiempos en los que estudiabais, el tener que colaborar con algún compañero en la realización de un informe o en la elaboración de un proyecto, y no ser tú el que manejase el ratón del ordenador? Es una situación incómoda, tanto para el que escribe como para el que le toca mirar. Para uno (a mí, personalmente es la situación que más me incomoda) porque siente el aliento del otro en el cogote y tiene que aguantar sus indicaciones: el esto hazlo así, el porqué no lo haces asá… Para el otro, porque ve que las cosas no se hacen a su gusto, porque no se utiliza el teclado en vez del ratón o porque se tiene que contener para apartar al inútil que está aporreando el ratón de un manotazo y tener el poder en sus manos. Aunque al final el resultado acabase siendo el esperado y percibes que sin la aportación del otro el resultado hubiese sido incompleto, el mal rato ya lo has pasado.


Pues algo así me ha ocurrido al ver «Dos buenos tipos»: un guion interesante, una ambientación perfecta, una música funky increíble (muy divertida la recreación de Earth, Wind and Fire) y dos actorazos dispuestos a reírse de sí mismos desde su profesionalidad, cosa que no es fácil en el cine de hoy. Con muchos mejores moldes y mucho más presupuesto, otros han intentado hacer lo mismo y les ha salido «¡Ave, César!», un auténtico bodrio infumable (por no decir una puta mierda).


Un Russell Crowe pasado de vueltas (y de peso, pero de esto no seré yo el que diga nada) es la mitad de un dislate de equipo, la fuerza bruta. La otra mitad, lo surrealista, es interpretado por un más que sorprendente Ryan Gosling que demuestra su versatilidad y su buen ojo para la comedia.


Lo que os decía antes, lo del trabajo en equipo, lo decía porque me pasé la primera media hora de peli desconcertado, pensando en cómo habría hecho yo la presentación de los personajes, sin terminar de entender el porqué de algunas escenas. Pero tengo que decir que es una peli que va de menos a más, y de repente todo cobra un sentido: lo que era una simple broma, algo que casi se carga la peli por rozar el filo de lo esperpéntico, se vuelve de repente muy entretenido y casi te deja con ganas de más.
En definitiva, para pasar un rato entretenido. Eso sí, si pecáis de impaciencia os perderéis lo mejor…