miércoles, 24 de agosto de 2016

Escuadrón suicida (Suicide Squad)


Imaginad que una agencia secreta del gobierno español, apurada por la escasa eficacia de los servicios investigadores ordinarios, decide recurrir a un grupo de convictos con poderes especiales para hacer el mal y crear un equipo de maleantes con la misión de pillar a aquellos que no hacen sino hundir un poco más en la miseria a esta España nuestra del pucherazo y la pandereta. Los poderes especiales de los secuaces son de lo más diverso: uno lanza dardos paralizantes a modo de pelo de bigote solo con el movimiento del labio superior; otro convierte objetos comunes en elementos decorativos de curioso gusto solo con mirarlos; otra hace desaparecer el embutido de una habitación al crear un remolino con el giro de la coleta…
Pues algo así, pero en aburrido, es «Escuadrón Suicida». Una mezcla de estrellas interpretando papeles de metahumanos, en una historia desdibujada y sin sentido alguno, en la que parece que lo único que ha funcionado bien ha sido la campaña de marketing: mucha imagen de rodaje, bocetos artísticos, teasers, trailers y demás. Pero cuando te sientas en la butaca estás viendo otra cosa. ¿Dónde está el Joker de Jared Leto, al que se comparaba con el de Heath Ledger e incluso se decía que le superaba en histrionismo? ¿Dónde están esas persecuciones con Batman de protagonista? Como se suele decir, mucho lirili y poco lerele.


Ni siquiera los personajes están definidos, ni se explica de dónde vienen sus poderes, ni destacan las interpretaciones, más bien hechas para cumplir el expediente y pasar sin pena ni gloria por el universo DC. Will Smith, Jared Leto, Jai Courtney, Joel Kinnaman, Viola Davis, Cara Delevingne, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Jay Hernandez, Scott Eastwood… un reparto sideral para una peli que acaba mordiendo el polvo del ostiazo que le está dando la crítica, aunque en taquilla, inexplicablemente, está funcionando.


Pero no todo es malo, hay una luz al final del túnel que puede hacer que «Escuadrón Suicida» tenga su reconocimiento: el descubrimiento de un personaje sublime, que merece su propia peli, que aporta algo de cordura desde la locura. No sé si es el personaje de Harley Quinn o su alter ego, Margot Robbie, la que roba las escenas más interesantes de la cinta. Un papel que encaja como un guante a la actriz que ha enamorado (cinematográficamente hablando) a casi todo el mundo, desde su aparición en la estupendísima «El lobo de Wall Street». Queremos un spin off ya!!!


En definitiva, si os gustan las pelis de superhéroes «Escuadrón Suicida» os defraudará, y si no os hace mucho… pues imaginad.


domingo, 31 de julio de 2016

Money Monster


Puestos a pensar, poco o nada se ha hablado de incidentes con aquellos que han amargado la vida a algún españolito de a pie durante estos años de crisis. Me refiero a esa gente que trabaja (o trabajaba) para un banco y que para salvar su culo se vieron obligados (sic) a engañar a ancianos o a discapacitados; o a esos promotores y constructores que dejaron en la estacada a soñadores que se veían en las tórridas tardes de verano en la piscina de su chalet en la zona residencial de nueva creación y que de buenas a primeras desaparecieron, llevándose consigo los dineros de familias completas, dejando a la vista los esqueletos de cemento de lo que un día fue un sueño y que acabó por transformarse en pesadilla.


No sé si habrá sido por prudencia, y por no dar voz a incidentes para evitar el llamado «efecto llamada», o porque en realidad pocas cosas han pasado para las que tenían o podrían haber ocurrido. No es que defienda la violencia, pero a alguna de esas personas que hicieron añicos la existencia de otras que lo más que hicieron en toda su vida fue trabajar, no me extrañaría para nada que se hubiesen llevado una buena hostia bien dada. Una de esas hostias con la mano abierta, que vienen de improviso, de esas que acaban con la yema de los dedos rebotando en la oreja del agredido y con un zumbido en la cabeza que tarda unos minutos en diluirse.


Repito que no justifico el uso de la violencia. Sólo digo que lo comprendería, y también que el agredido debería responder en estos casos de su conducta. Porque todos hemos actuado alguna vez llevados por el impulso más que por la razón, y a los diez segundos ya nos estábamos arrepintiendo. La expresión «cuenta hasta diez» es de las cosas más sabías que se han dicho desde que existe el lenguaje sobre este planeta.
De algo parecido va «Money Monster». Aunque hay una pequeña diferencia: también se habla de esos otros casos en los que la confabulación era de doble sentido. Me explico: la entidad financiera ofrece un producto con una rentabilidad inusitada. Además de las sartenes te da un 8 % por tu dinero por considerarte un cliente “especial” (entiéndase “especial” por cliente de toda la vida que se deja asesorar, que cree que el banco siempre busca el beneficio del cliente en vez del suyo propio). Y el cliente, sintiéndose “especial” (creyéndose a pies juntillas lo que le dicen, y frotándose las manos por la tajada que va a sacar) firma todo lo que le ponen por delante sin leerlo y sale de la sucursal con el pecho henchido y pensando “aquí estoy yo”.


Y claro, luego pasa lo que pasa. Te quedas con las sartenes, pero a la hora de recobrar tu dinero y la rentabilidad prometida, “verdes las han segao” como se diría en ámbitos rurales. Lees la documentación y resulta que en caso de pérdidas, la entidad no está obligada a devolver la inversión. Vas a tu oficina de toda la vida y curiosamente la han cerrado, trasladando a todos los trabajadores y las gestiones a realizar a la otra punta del barrio. Y cuando llegas, el “fulanito” que te vendió el producto en cuestión ha pasado a mejor vida (laboral) y el director de la oficina, un tío de traje arrugado que ha llegado a la institución a implantar los nuevos procedimientos, con cara de haber desayunado un buen trago de vinagre, te dice que deberías leer antes de firmar, y que si quieres, reclames en los tribunales.


Pues eso, que «Money Monster» es un alegato denunciando la avaricia del hombre: la del tiburón de las finanzas (George Clooney) que se gana la vida aconsejando a la gente lo que hacer con su dinero mientras él hace exactamente lo contrario; y la avaricia del tipo corriente (Jack O'Connell), que cree que podrá dejar de trabajar en un breve periodo de tiempo si pilla un par de buenas inversiones. Completa el reparto Julia Roberts (siempre solvente), como productora del programa que presenta Clooney.
En definitiva, un reflejo de la sociedad en ocasiones tan excesivamente capitalista que nos ha llevado al abismo, aunque seguramente nunca aprenderemos, por eso que dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra… Una peli interesante



sábado, 30 de julio de 2016

Jason Bourne (Bourne 5)


Lo que más me gusta de las pelis de la saga Bourne es la determinación que tiene el personaje que interpreta Matt Damon. Bueno, y las hostias que reparte, como panes de pueblo. Por lo demás, no se aparta de la senda marcada por sus predecesoras. Pero si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?


El caso es que en la quinta entrega de la saga (cuarta en la que aparece Matt Damon) advierte de los peligros de las nuevas tecnologías y el uso que hacen las empresas para controlar, de una manera u otra a la sociedad. Porque a quien vamos a engañar, con tanta red social, aplicaciones GPS y el móvil siempre encima hemos perdido una parte de nuestra privacidad, o lo que viene a ser lo mismo, nos estamos quitando a nosotros mismos una parte de nuestra libertad a cambio de poder fisgonear la vida de los demás. Sólo con el hecho de llevar smartphone, publicar una foto o compartir información estamos dejando la puerta abierta a que las empresas que manejan esas aplicaciones entren en nuestras mentes para condicionar nuestras compras, viajes, comidas y, en definitiva, nuestro modo de vida. Todo lo que hacemos tiene un reflejo en forma de datos, con los que las empresas que gestionan estas aplicaciones comercian a nuestras espaldas, realizan estudios de mercado e influyen en nuestra vida.


Afortunadamente, «Jason Bourne» no es tan intensa, sino que el tema es tratado de una manera tangencial, una mera excusa para el lucimiento del ya talludito Matt Damon, que continua con el trauma sobre su origen para la CIA y no hace más que descargar su ira por el mundo para encontrar una salida. Pero nada, que ni con esas.
Pero tenemos novedades: se incorporan al reparto Tommy Lee Jones, siempre solvente, y una de las actrices del momento, Alicia Vikander, que parece aprovechar cada oportunidad que le ofrecen en forma de papel para lucirse. Tiene pinta de que esta chica ha venido para quedarse, y a mí me parece requetebién.


En definitiva, el dúo formado por Paul Greengrass y Matt Damon saben bien de qué va la cosa, y ofrecen al espectador exactamente lo que espera: suspense, acción, movimientos de cámara casi mareantes, persecuciones y hostias como panes de pueblo.




domingo, 17 de julio de 2016

La invitación (The Invitation)


¿Y si os invitaran a una cena de antiguos amigos/compañeros a los que hace años que no ves? Seguro que algo extraños os encontráis, con gente con la que en su momento tuvisteis algo más que confianza. Complicidad sería más adecuado llamarlo. Pero de ese vínculo sólo quedan unos endebles hilos que se encargan de recordarte que una vez hubo algo más. Pero el tiempo todo lo puede, y las circunstancias de cada uno ayudan a deshilachar lo que una vez la vida consiguió unir.
Si a todo esto le añades que en la citada reunión hay gente a la que no conoces de nada, ya es el acabose: los gestos de alguien nuevo para ti, las confianzas que se toman algunas personas a las que no hace ni quince minutos que conoces, todo aquello que ha cambiado en los demás que te dificulte reconocerlos… Más que una cena, una emboscada.


Pero algo más ha cambiado. Quizás, lo más importante de todo: tú. Ya no eres el mismo, al igual que los demás. Me rio de todos aquellos que, como paradigmas de la evolución, mantienen que siguen siendo los mismos que hace años. Pueden seguir gustándote las mismas cosas, los mismos sabores, las mismas rutinas. Pero hay aspectos que poco a poco se van colando en tu vida y van creando cambios tan insignificantes que no los aprecias. Pero ya te han cambiado. Un libro, una peli, una conversación, alguien nuevo en el trabajo, un adiós, un whatsapp y tu mente se encarga de adaptarlo todo a tu mundo para que no percibas que aquel que fuiste, no volverá. Llámalo evolución, involución o progreso. Llámalo ir hacia delante, pero aquel que fuiste ayer no volverá más.
Sí, os estoy contando un rollo que pá qué. Pero lo que os he contado hasta ahora no es lo peor. Si recordáis, os hablaba de una invitación a una cena con gente que hace tiempo que no ves, y gente a la que no conoces. Hasta ahí, pasable. Lo peor es cuando llega el momento en el que (suele ser siempre una de esas personas a las que no conoces) habla el list@ intentando sentar cátedra, intentando imponer su criterio e ideas sobre todos los demás.


Algo así es «La invitación»: una peli a veces (la mayoría del tiempo) lenta, a veces claustrofóbica, pero en todo caso inquietante tanto en su aspecto visual como en su moraleja final: tened cuidado con dónde os metéis… Una de esas pelis a las que les basta una habitación y un puñado de actores para crear una trama sin necesidad de artificios, en la que lo realmente impactante son los diálogos. Por algo ganó el premio a la mejor película en el Festival de Sitges 2015.


En definitiva, una peli sorprendente. Avisados quedáis.

domingo, 5 de junio de 2016

El libro de la selva (The Jungle Book)


Reconozcámoslo, es ver una de esas pelis ochenteras con las que creciste, y casualmente el saco de años que tienes a tus espaldas desde entonces como que se hace más ligero. Y la mirada más limpia, recobrando la inocencia que la vida te ha ido quitando con cada madrugón, con cada obstáculo, con cada gilipollas que se te ha ido cruzando por el camino.


Pero ha sido ver El libro de la selva y recobrar un ligero brillo en los ojos en la oscuridad de la sala, una ligera vibración en el recóndito lugar que la inocencia tiene en el cerebro, una tenue y cálida luz en una zona de la que las tinieblas se han apoderado.
El caso es que últimamente pocas películas logran encontrar los rescoldos de la niñez o, al menos, hacerte volver a ser un niño por un rato. Hace algunos años me pasó con La vida de Pi, y ahora con El libro de la selva. Me pasé toda la peli con la sonrisa boba, que llena de placer al que la practica y de ganas de reír al que la ve. Pero a mí me daba igual. Yo estaba disfrutando de las aventuras de Mowgli tal y como las recordaba en el clásico de Disney, pero en una selva real, con animales de verdad, y con un color que ni siquiera el mismísimo Walt Disney podría imaginar en el frío sueño en el que se encuentra desde hace años. Va a flipar lo que han hecho con sus historias y su compañía cuando despierte. Y cuando vea que hay un EuroDisney en París. “Hay que ser muy bruto para ir a París a ver a Pluto”, como diría mi admirado José Antonio Abellán. Pero en fin, eso es otro jardín, que me salgo del tiesto.


No recuerdo la última vez que vi la versión animada de El libro de la selva, pero han pasado fácilmente más de veinte años, y recordaba la historia a la perfección, e incluso estaban en mi mente escenas que sabía que iban a ocurrir y las esperaba. Y aún así, consiguieron sorprenderme, porque lo que ha hecho Jon Favreau es dar un empaque visual que sirve de apoyo sin quitarle ni un ápice de protagonismo a la historia, potenciando su riqueza y rematando una obra perfecta para que, cuando la vea un niño, tenga la referencia de aquella vez que fue al cine a ver una peli en la que los animales hablaban…


En definitiva, El libro de la selva es una peli dirigida al público infantil, que hay que ver con ojos del niño que todos llevamos dentro. Totalmente recomendable.