martes, 2 de mayo de 2017

Kong: La isla calavera (Kong: Skull Island)


Hay veces que puedes llegar a sentirte como King Kong. No, no lo digo por lo de creerte un primate, aunque a veces te pones a pensar sin saber muy bien qué mientras te rascas el pelo de la cabeza con una mano; ni por el tamaño, aunque a veces, después de una comilona pueda parecértelo. Lo digo porque estás tu tranquilo en tu mundo, y de buenas a primeras llega una panda de gilipollas a joderte el día y la existencia solo porque les ha parecido bien. Será por eso por lo que al final la gente hace que te transformes poco a poco en un ser asocial que elude el contacto con el resto del mundo.


Volviendo al tema que nos atañe, Kong: la isla calavera retoma la senda del cine de aventuras sin caer en los tópicos del King Kong clásicos repetidos hasta la saciedad por remakes, reboots y demás. Desde 1933, en la que vimos al mito por primera vez, articulado hasta más no poder y con escenas en stop motion chapucero; pasando por la pseudoerótica de 1976, con Jeff Bridges y una estupenda Jessica Lange, en la que para alguna de las escenas se utilizaron partes del Kong de 1933; hasta la más reciente King Kong de Peter Jackson, con sus efectos digitales a mansalva, el monstruo gigante tiene atrapada a la industria cinematográfica en un bucle de idas y venidas a la isla misteriosa en la que espera la tribu indígena para secuestrar y ofrecer como sacrificio a la rubia de turno, mientras los valientes que la acompañan se lanzan al rescate.


Al final, las pelis de King Kong no dejan de ser adaptaciones de las novelas de Julio Verne. Quiero imaginar que los pocos pero exquisitos lectores de estas líneas leyeron en su época juvenil-adolescente las novelas de uno de los padres de la ciencia ficción, y entienden a la perfección la referencia que hago. Basta leer la sinopsis de Viaje al centro de la Tierra para comprender que al final, todo se recicla, integrando y mezclando conceptos una y otra vez para conseguir un resultado final adaptado a las necesidades técnicas o visuales de un determinado momento. Es así, a base de repeticiones, como al final se te quedan las cosas en la cabeza.


Kong: la isla calavera bebe de las mismas fuentes y no reniega de ellas. Pero aporta matices nuevos obviados hasta ahora: la locura de la guerra, la búsqueda de la libertad, la humanización del monstruo y la lucha por la salvación de la naturaleza, a la que le basta que no la maltratemos para que cicatrice sus heridas. El ciclo de la vida es la cura contra la sociedad destructiva en la que nos ha tocado vivir.


lunes, 1 de mayo de 2017

Guardianes de la galaxia Vol. 2 (Guardians of the Galaxy Vol. 2)



Dentro de algunos años (no sé si será más bien pronto que tarde) algún friki con tiempo y dinero suficiente se planteará realizar un estudio completo sobre la década ochentera del siglo XX, y conseguirá escudriñar la filosofía que atrapó a millones de personas en una era de alegría y melancolía conjunta en la que se disfrutaban y rememoraban lo que fueron las bases del conocimiento cultural de más de una generación a través de una serie de herramientas, como podían ser la televisión, la música, el cine, los juegos o algún libro olvidado en la estantería de tu habitación en la casa de tus padres.


El problema que teníamos en aquella época era que las fuentes de acceso a todos aquellos elementos eran muy limitadas: un par de cadenas de televisión, algunas casetes con tu música favorita que conseguías grabar de la radio (con un poco de suerte sin la voz del locutor de turno), los libros y cómics que ibas consiguiendo en cumpleaños y navidades y poco más. El resto te lo daban la calle y los amigos, entre los que siempre había algún suertudo con VHS en casa para ver una de las muchas películas que se te escaparon de la cartelera del cine. El principal problema era la cara de alguno de los padres del suertudo, a los que se les torcía el gesto nada más veros entrar en casa dispuestos a pasar la tarde en su sillón.


Ahora el acceso es prácticamente ilimitado a todo, pero a diferencia de lo que ocurría hace aproximadamente treinta años, muchos de los contenidos actuales carecen de algo vital para que puedan ser considerados cultura (por no llamarlo pseudocultura y que algún millennial se me enfade): alma. Ahora todo lo mueve el dinero y todo lo que se hace va acompañado de la “loa al dinero” trazando una falsa equivalencia entre los conceptos de cultura y rentabilidad económica.


Pero aún hay alguna isla en mitad del océano, un remanso de paz en el que, a pesar de dar gran importancia a los billetes, se cuida hasta el último tono de color de una imagen, que una canción con mayor trascendencia de lo meramente musical suene en un momento determinado, una historia en la que los personajes recuperen valores más allá de lo económico, e incluso que alguno de ellos basen sus conocimientos, sus recuerdos y en definitiva, su vida, en una época en la que ser feliz apenas costaba dinero y la simple imaginación de un chaval era capaz de crear una galaxia de aventuras con apenas un palo y una caja de cartón.


domingo, 26 de febrero de 2017

Breaking Bad



Me costó, y bastante, coger el ritmo y pillarle la gracia a Breaking Bad. Tanto que hasta la cuarta vez que vi el primer episodio no decidí ir más allá y comenzar la aventura de lo que sin duda puede ser la mejor serie de la historia. No me hacía gracia su supuesto humor, su trama simplona y unos personajes que daban más pena que otra cosa. Pero poco a poco me fui enganchando, viendo que si rascaba la superficie de una socarronería impuesta encontraría mucho más.


Después de eliminar esa capa de insustancialidad que desvirtuaba la realidad, como quien quita la cáscara a un huevo cocido, encontré a Walter White, el protagonista de la Divina Comedia moderna. Porque Breaking Bad es la historia de una bajada a los infiernos más profundos del ser humano, un viaje a la esencia del hombre en aquellos momentos en los que entra en juego el instinto de supervivencia y sale a relucir nuestro verdadero yo: la ruindad, el egoísmo, la maldad.


La diferencia entre Walter White y Dante Alighieri es que el camino hacia el infierno del primero parece no tener fin: es un continuo descenso hacia las más profundas perversiones del ser humano, mucho más allá de los nueve círculos de pecado descritos por Dante.


Inexplicablemente le coges cariño. No sabes por qué, pero acabas idealizando a alguien del que sin duda te apartarías si fuese tu vecino o tu compañero de trabajo: intentas colar cada una de sus frases en la primera conversación que puedes, te pones camisetas con su cara y bebes el café en tazas que le recuerdan pese a ser uno de los personajes más despreciables jamás escrito. Pero le quieres. Quizás porque es un tipo normal con mala suerte. O con la suerte esquiva por su forma de ser. O porque la vida le tenía preparado un destino al que ha llegado por el camino más difícil, sirviéndose de las actitudes que la gente rechaza de manera habitual. A lo mejor incluso es un tipo valiente disfrazado de ingenuo, o un ingenuo disfrazado de valiente. El caso es que el carisma que desprende Walter White embriaga aquello que le rodea, y me hace envidiar a aquellos que aún no habéis visto Breaking Bad, porque podréis descubrirle, y es algo que algunos ya no podremos volver a hacer.



sábado, 11 de febrero de 2017

Múltiple (Split)


A veces, las películas son algo más que una secuencia de imágenes que cuentan una historia. Unas veces trascienden (o lo intentan) en la filosofía del ser humano; otras sirven como cápsula de moralidad para enseñarnos en qué clase de mundo vivimos y la clase de gente que nos rodea; en alguna ocasión sirven para denunciar situaciones esperpénticas que solo el ser humano es capaz de crear; últimamente afloran la nostalgia del espectador al hacerle rememorar películas que vieron hace más de treinta años…


Aunque la realidad es que la mayoría de las películas sirven para lo que están hechas: entretener al personal durante dos horas y activar el espíritu consumista de palomitas, chucherías y otras mierdas que no se te ocurre consumir si piensas en que llevas una semana cenando lechuga para intentar mantener el tipo.


Desde “El sexto sentido”, las pelis de Shyamalan son algo más: proponen un juego al espectador, un extra de atención en busca de la trampa sobre la que se basa la trama. Y allí estamos todos, pensando en ese gesto, esa mirada, ese diálogo que nos hagan dar con la clave que da sentido a la peli. Así le ha pasado, que cuando no hay ni gesto, ni mirada, ni diálogo, sino que lo que has visto es lo que hay, le han salido truños como “El incidente” o “La joven del agua”, que te dejan el cuerpo revenido y lo único que puedes hacer es intentar sacarlas de tu mente y olvidarlas lo antes posible.


Hace un par de años Shyamalan retomó la senda: “La visita” esconde la trampa bajo una peli de terror con momentos especialmente inquietantes y tenebrosos, hasta llevarte a un final perturbador. Y con “Múltiple” lo ha vuelto a conseguir sin necesidad de acudir a histrionismos ni a alzar la voz: un buen guion te brinda un universo de posibilidades. Si eres capaz de embaucar a un actor que te lo dé todo por el bien de la película, mejor. Y James McAvoy se entrega, mostrándonos una serie de registros que dan vida a un buen puñado de personajes entre los que buscar la trampa de una peli que puede no tenerla. ¿O sí?



miércoles, 25 de enero de 2017

La La Land


Unas notas suenan al piano, a un tempo más lento del habitual. Casi se escucha el silencio entre nota y nota, mientras el pianista levanta levemente la mirada y encuentra unos ojos frente a los suyos, entre los que aparece una complicidad que nadie conoce. Esa mirada hace que todo el público allí presente desaparezca y ambos recuerden su historia en un pestañeo. Una historia de sueños compartidos y amor que nunca pudo tener un final feliz. ¿O sí?
Todos tenemos sueños. No, no me refiero a los sueños que aparecen de vete tú a saber dónde mientras dormimos. Me refiero a los sueños que tenemos despiertos, nuestras aspiraciones, nuestros deseos más profundos. No, tampoco me refiero a las cuentas de la lechera con las loterías, primitivas, euromillones y demás. Me refiero a eso que queremos con nuestra alma, esos sueños por conseguir algo que nos acompañan como un come come, un run run o como lo queráis llamar.


Algunos persiguen sus sueños hasta que los consiguen; otros en cambio se resignan a poder vivir una realidad en la que creen ser felices, pero en el fondo habrá algo encerrado en ellos mismos que les pondrá muy difícil serlo. Otros ni sueñan y pasan por la vida viendo la vida pasar.
La La Land habla de los sueños, de buscarlos, de perseguirlos y luchar por ellos con el mejor cimiento que el ser humano es capaz de encontrar: el amor. Imaginad un edificio en construcción asentado y sujeto por maderas a modo de traviesas entre puertas, ventanas, pisos y demás elementos abiertos. El edificio crece y la madera lo sujeta. En La La Land esa madera está representada por dos personajes que se conocen y comienzan la búsqueda por conquistar sus sueños apoyados el uno en el otro, sirviéndose ambos de brújula para no perder el camino.


El problema aparece cuando para cumplir tu sueño él (Ryan Gosling) pierde algo de su esencia y se deja llevar. Es entonces cuando comienzan a retirarse los maderos que cimentaban el edificio, mientras ella (Emma Stone) sigue fiel a sí misma. Al final, con el edificio ya construido pero con los caminos separados uno y otro siguen luchando, mientras las maderas que una vez sirvieron de sostén a algo tan especial están ahora arrinconadas sobre un montículo de arena a la intemperie. Pero el edificio siempre estará allí para ellos, y recordarán, cada vez que sus ojos puedan verlo, que una vez fueron parte de algo especial, de un algo que sólo ellos conocen y recuerdan cada vez que unas notas suenan al piano, a un tempo más lento del habitual…